1. Una cuenta pendiente


Miércoles, 22 de octubre de 1907.

Mi nombre es Henry S. Morgan y estoy al mando de la expedición Terra Australis, cuyo objetivo inicial consiste en alcanzar la región antártica de Coats Land, situada al sureste del mar de Weddel, y establecer una base de investigación científica por encima de los 78°S. Ya una vez en tierra firme, si es que antes no morimos aplastados por los témpanos, llevaremos a cabo toda suerte de estudios geológicos y climatológicos, al tiempo que iniciaremos varias misiones. Una de ellas se encargará de explorar y cartografiar el sector este de la región, hasta su frontera con la Tierra de la reina Maud; mientras que la otra —liderada por mí— tendrá el arduo propósito de conquistar el Polo Sur geográfico, una singular hazaña que hasta el momento ningún mortal ha conseguido. Todo ello en honor y gloria de la Sociedad Geográfica de Nueva Arcadia, nuestra ilustre patrocinadora.

     He de admitir que esta expedición me tiene más inquieto de lo habitual. No porque con ella vaya a ponerle fin a mi dilatada carrera en la Armada, sino porque la sombra de la Antártida me ha perseguido como a un fugitivo durante toda mi vida, recordándome en todo momento que tenemos una cuenta pendiente. Y es ahora, en mi vejez, cuando parece ser que al fin vamos a poder saldarla. No obstante, y con el fin de dilucidar un poco este asunto, me remontaré brevemente al año 1850, fecha en que la Antártida —descubierta en 1820 por Bellingshausen, Bransfield y Palmer— ya había dejado de ser una vieja leyenda de marineros, y buena parte de su línea costera había sido cartografiada.

     Tras las conquistas del almirante inglés James C. Ross, quien había contribuido de forma inigualable a la confección del mapa antártico, la fiebre por la exploración de dicho continente estaba sufriendo un pequeño receso, el cual se prolongaría hasta finales del siglo XIX. Mientras tanto, los gobiernos prefirieron dirigir su atención al Ártico y a la búsqueda del paso del Noroeste. Con todo, esto no significa que la actividad en la Antártida se detuviera por completo, pues aún quedaban hombres interesados en el continente blanco; auténticos aventureros cuyas motivaciones —lejos de intereses económicos o territoriales— eran superar lo imposible y dejar una huella imperecedera en la historia. De entre todos ellos, uno de los más destacados fue mi padre, el teniente de navío Pierrick Morgan, quien con apenas treinta años ya se había labrado un reconocido prestigio como explorador. No en vano, a él le debemos el descubrimiento de varias islas del Pacífico Sur, así como la catalogación de numerosas especies de flora y fauna marinas, entre otras muchas cosas. Sin embargo, su mayor logro aún estaba por llegar.

     Durante la primavera de aquel año 1850, mi padre recibió una misiva del Museo Nacional de Ciencias. En ella aceptaban su propuesta de sufragar los costes de la que sería la primera expedición en la historia al interior del continente antártico, lugar por el que siempre se había sentido fascinado; quizá por tratarse del último gran territorio del globo aún sin explorar, o, tal vez, por ser el más inaccesible. En cualquier caso, la expedición a la que tanto tiempo de planificación había dedicado por fin contaba con el apoyo financiero necesario. De modo que, lleno de excitación y alborozo, comenzó de inmediato los preparativos del viaje, y sólo siete meses más tarde, el 15 de septiembre de aquel mismo año, su barco zarpó del puerto de Pleembooth rumbo a la Antártida.

     El tiempo transcurrió en su ausencia —algo a lo que mi madre y yo ya estábamos acostumbrados—, hasta que al cabo de varios años, habiendo alcanzado yo mi pubertad, recibimos en casa una visita inesperada. Se trataba de un emisario del Almirantazgo, el capitán de corbeta Alfred Rousseau, que portaba una funesta noticia. Mi padre, en compañía de dos de sus hombres, había desaparecido en la Antártida durante una misión de exploración y reconocimiento. Y a pesar de las tentativas que hubo de ir en su búsqueda, las inclemencias climáticas imposibilitaron la labor. De este modo, mi padre no sólo se convirtió en el primer hombre en pisar el continente antártico, sino también en morir en él.  1

     Su pérdida fue un duro golpe para mí, pero no tanto por nuestra relación paternofilial —limitada a pasar juntos unos pocos días de tanto en tanto, debido a sus continuos viajes— como por la idolatría que yo le profesaba por su condición de aventurero. Para mí, él estaba a la altura del más encumbrado héroe de la mitología griega, capaz de viajar al inframundo si hubiera sido preciso —como Orfeo en busca de su amada Eurídice— y volver de éste con vida. Sin embargo, al contrario que el héroe tracio, mi padre jamás regresó de su Hades particular. El destino no se compadeció de él, y su vida fue el alto precio que hubo de pagar por dejar su nombre grabado en la historia.

     A partir de entonces, la Antártida pasó de ser aquel lugar cargado de belleza y misterio del que tanto había oído hablar, a convertirse simplemente en un lúgubre y vasto sepulcro, cuya sola mención me imbuía de resentimiento y pesar.

     Ahora bien, la muerte de mi padre no supuso ningún impedimento para que, llegado el día, yo continuara la tradición familiar de servicio a la Armada. Pues, al fin y al cabo, él no había sido el primer Morgan en caer en acto de servicio, y muy probablemente tampoco sería el último. Mi tatarabuelo, por ejemplo, había sido apresado y decapitado por piratas. Y a mi tío Maurice le habían volado la cabeza de un cañonazo mientras cantaba el himno nacional en plena batalla naval. En definitiva, la muerte en cumplimiento del deber patrio era casi intrínseca a los varones de la familia Morgan, y también un motivo de gran exaltación, no sólo del heroísmo del fallecido, sino también del patriotismo de toda la familia. Cada pérdida era recibida a medias entre el dolor y el orgullo, como si de una cicatriz de guerra de la que poder presumir ante la sociedad se tratara. Así pues, dejando a un lado la pasión por la aventura que mi padre me había inculcado, y a fin de no romper la tradición familiar y ser condenado al escarnio, me vi en el deber de aceptar mi destino e ingresar en la Armada.


     Llegados a este punto, no creo necesario ahondar en los méritos y tribulaciones de mi carrera militar, pues sólo serviría para enaltecer mi nombre sin aportar nada a esta narración. Por lo tanto, y para ir concluyendo, sólo añadiré que han sido varias las ocasiones a lo largo de mi vida en que me he planteado la posibilidad de viajar a la Antártida, con el único propósito de enfrentarme a unos demonios internos que me han venido atormentando desde la muerte de mi padre. Pero ha tenido que transcurrir más de medio siglo para que, ya en las postrimerías de mi carrera, la amenaza del tiempo me haya insuflado el coraje y la determinación necesarios para emprender este viaje y poder saldar aquella vieja deuda.     

     1. Los restos de un barco encontrados en la Isla Livingston parecen indicar que el navío español San Telmo –desparecido en 1817– pudo haber naufragado en la Antártida, donde sus supervivientes habrían muerto de frío e inanición.

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